El tiempo pasa de manera inflexible ante la mirada triste que se eleva en el horizonte. El ocaso está a punto de llegar y otro instante se desvanece para sumarse al cono que forma la arena en el reloj. Triste vida la de ese reloj. Solo puede acumular granos de arena para volver a empezar de nuevo, una y otra vez. Empezar de nuevo, ¿Cuántas veces se empieza algo de nuevo en la vida?, ¿quizás decenas, cientos, miles de veces? Nadie sabría decirlo. Desde que el gameto masculino llega al óvulo, en número incesante de veces intentará penetrar la corona hasta que tarde o temprano lo consiga o muera. De una manera innata incluso antes de ser lo que somos, lo más básico de nosotros es capaz de empezar una y otra vez. Quizás sea esta una de las razones primarias del origen de la vida. El camino de la superación o el renacer es lo que nos hace llegar a buen puerto en el mar de las calamidades y ello es lo que más nos distingue de los otros.
La carencia de esto conlleva el conformismo, la docilidad, la sumisión, la resignación a lo establecido de lo que hay y de lo que ha de venir, y todo esto en mayor grado conduce a lo impersonal, a lo servil, a la mediocridad. En el extremo opuesto y al mismo tiempo emerge lo rebelde, lo insurgente, lo indomable, lo inconformista para dar paso a la creación, la libertad, la diferencia, la genialidad, la originalidad, la inteligencia…
Me gustaría plantar una mirada impertérrita ante el paso del tiempo, pero no lo consigo. Intento llegar a las baldosas blancas del camino sedicioso, pero sin poder evitarlo solo camino por las negras que me relegan al de la evocación, al de la memoria.
El ocaso desfallece para dar paso como siempre ha sido, al orto. La mirada ya no se eleva en el horizonte, la oscuridad siempre amante lasciva del negro y conocida lejana del blanco, se antoja ahora gris. La esperanza adolece en este momento de color y solo la imaginación mota puntos de tonos verdes, ora azules, ora rojos.
Imagino un barco, en un mar calmado, cansado de bogar, arto de ver como el cono de arena llaga al cenit para a continuación empezar de la nada. Imagino un horizonte cada vez más lejano, con un faro cuya luz va disminuyendo y se camufla con el paisaje…
La nao quiere descansar la quilla en tierra, pero la tierra cada vez es más gris y poco a poco se va confundiendo en la distancia y se vuelve difícil distinguir entre agua y arena.
Entre luz y penumbra…
Es otro día más… El tiempo pasa de manera inflexible...
miércoles, 6 de febrero de 2008
Otro día más...
Publicado por Printed Electronic
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